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◆ 19 APR 2026

Palantir y la religión del capitalismo de guerra

Palantir no publicó un hilo. Publicó un catecismo para fusionar Silicon Valley con el aparato militar occidental y llamar a eso destino histórico.

AUTORVictor
FECHA19 APR 2026
SECCIÓNblog

Palantir no publicó un hilo. Publicó un catecismo.

Un catecismo para una nueva élite técnica que ya no quiere limitarse a vender publicidad, optimizar engagement o extraer renta desde una app más lustrosa que la anterior. Ahora quiere algo más serio, más grave, más viril, más imperial. Quiere decir que el software ya no es una mercancía entre otras, sino la columna vertebral de la soberanía, de la guerra, del orden interno y de la supervivencia civilizatoria. Quiere, en otras palabras, que la clase ingenieril de Silicon Valley deje de hacerse la distraída y asuma por fin su vocación de clero armado del Occidente en decadencia.

Ese es el núcleo de The Technological Republic y del hilo que Palantir publicó para venderlo. No es un programa tecnológico neutral. Es una operación ideológica muy precisa. Toma el cansancio con la economía de apps, lo mezcla con ansiedad geopolítica, lo sazona con nostalgia imperial, le suma un poco de liturgia del sacrificio y lo ofrece como si fuera una ética pública. Pero lo que en verdad hace es bastante más pedestre: le fabrica legitimidad moral al complejo militar-digital que Palantir necesita para crecer.

Leído desde Gibson, esto no es una anomalía sino una maduración del sistema. El Sprawl nunca fue un parque de innovación libertaria. Fue siempre infraestructura privada acoplada a violencia estatal y dinero militar. Leído desde Haraway, tampoco hay neutralidad que perder: el cyborg corporativo-estatal estaba acá desde el principio. Leído desde Fisher, lo que aparece no es futuro sino la cancelación de otras salidas. Como la imaginación política está exhausta, el sistema se recicla a sí mismo en forma de destino técnico. Y leído desde Berardi, lo que se organiza acá es trabajo cognitivo al servicio de la securitización total. No creatividad, no emancipación, no inteligencia colectiva. Gestión de amenaza. Producción de obediencia. Optimización del conflicto.

▲ PALANTIRsoftware como hard power//▲ ESTADOsoberanía militarizada//▲ IAnueva disuasión//▲ CLAVEcapitalismo de guerra
Palantir no critica el capitalismo digital para salir de él. Lo critica para ascenderlo de rango: menos app store, más kill chain.
◆ MAPA DEL TEXTOtesis · operación ideológica · deriva imperial
16puntos del hilo
desarmados
1tesis central
software = soberanía armada
0neutralidad real
en el complejo tech-militar

Voy punto por punto, porque el hilo merece eso. No por brillante, sino porque condensa bastante bien hacia dónde quiere moverse una fracción cada vez más importante del capital tecnológico.

1. “Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su ascenso”

La maniobra arranca con una inversión elegante. La deuda de Silicon Valley no sería con los trabajadores precarizados, con las cadenas globales de extracción, con la infraestructura pública que subsidió décadas de investigación, ni con los territorios que absorbieron la violencia material del imperio. No. La deuda sería con “la nación”. Es una operación clásica: convertir relaciones históricas concretas de explotación, subsidio y acumulación en una obligación moral abstracta hacia el Estado nacional. Así, el ingeniero no le debe nada al minero del coltán ni a la obrera de la cadena logística. Le debe una misión a la bandera.

2. “Debemos rebelarnos contra la tiranía de las apps”

Este punto parece, por un segundo, casi simpático. Sí, la economía de apps es una miseria espiritual. Sí, es difícil mirar una década de scooters, delivery, dopamina algorítmica y publicidad programática sin sentir que una parte importante de la capacidad técnica de una civilización se fue por la alcantarilla. Pero Palantir no critica las apps porque sean máquinas de extracción, disciplinamiento y banalización. Las critica porque no son suficientemente grandiosas. El problema no es que el capital haya colonizado la vida cotidiana. El problema es que lo hizo en versión plebeya. No quieren abolir esa lógica. Quieren subirla de escala, vestirla de uniforme y darle presupuesto federal.

3. “Free email is not enough”

Acá aparece el resentimiento aristocrático del manifiesto. La cultura dominante solo sería perdonable si entrega crecimiento y seguridad. No alcanza con servicios cómodos, consumo fluido y plataformas gratuitas. Hace falta orden, potencia y una promesa de grandeza. Es el viejo argumento de decadencia, solo que traducido al dialecto venture-backed. Lo interesante es que la vara de legitimidad ya no es bienestar colectivo sino capacidad de asegurar acumulación y blindaje. Berardi lo leería rápido: cuando el sistema ya no puede prometer sentido, promete seguridad. Cuando ya no puede prometer emancipación, promete protección. Y cuando no puede ofrecer protección real, ofrece gestión algorítmica del miedo.

4. “El hard power del siglo XXI será construido sobre software”

Este es el centro del asunto. Todo lo demás es decoración moral. Lo que Palantir quiere instalar es que el software ya no debe ser pensado como herramienta auxiliar del poder, sino como su material constitutivo. Logística militar, targeting, inteligencia, vigilancia, integración de datos, análisis de campo, policía predictiva, automatización del mando: el software como hueso, músculo y sistema nervioso del Estado de seguridad. Es una tesis importante porque es verdadera en parte. Pero justo por eso es peligrosa cuando la enuncia una empresa que vende esa infraestructura. No está describiendo el mundo. Está intentando cerrarlo a su favor.

5. “La pregunta no es si se construirán armas con IA, sino quién las construirá”

Este es el chantaje de inevitabilidad de manual. Se cancela el debate político antes de empezarlo. No discutamos si corresponde. No discutamos bajo qué límites. No discutamos si ciertas capacidades no deberían existir. Asumamos que el desarrollo viene sí o sí, y dediquémonos a garantizar que quede del lado “correcto”. Es una forma perfecta de desactivar la ética mediante una escenificación de realismo. El adversario no va a esperar. El mundo es cruel. La historia aprieta. Entonces, adelante. Siempre adelante. Es la coartada favorita del capitalismo de guerra: presentar sus decisiones como resignación responsable frente a una necesidad externa.

6. “El servicio nacional debería ser un deber universal”

Acá el texto intenta vestirse de republicanismo austero. Si todos compartieran el costo y el riesgo, la guerra sería una decisión más seria. El punto, en abstracto, no es del todo falso. El problema es quién lo dice y para qué. Cuando una empresa cuyo negocio depende de militarizar software pide sacrificio compartido, lo que está haciendo no es democratizar el riesgo, sino fabricar legitimidad moral para una arquitectura de conflicto que igual seguirá siendo gestionada desde arriba. Los hijos del capital rara vez comparten el frente del mismo modo que comparten los contratos.

7. “Si un marine pide un rifle mejor, deberíamos construirlo; lo mismo vale para el software”

Este es uno de los giros más eficaces del hilo, porque mezcla cuidado real por quienes son enviados a combatir con un cierre total de la discusión estratégica. Nadie quiere decirle a un soldado que se arregle solo con herramientas peores. El problema es que ese registro emocional se usa para blindar la cadena completa: desde el rifle hasta la plataforma de targeting, desde el soporte logístico hasta la doctrina que decide cuándo y dónde se pelea. “Apoyar a la tropa” se convierte en una manera de suspender cualquier crítica al dispositivo que la administra.

8. “Los servidores públicos no tienen que ser nuestros sacerdotes”

Parece una desmitificación sana, pero debajo hay otra cosa: una queja managerial. El Estado paga poco, recluta mal y entonces no atrae a los mejores. La crítica no está dirigida a la forma estatal como estructura de clase, sino a su ineficiencia para competir por talento de élite. No están proponiendo democratizar la administración pública. Están diciendo que el Estado debería parecerse más a una firma de alto rendimiento y pagar como tal. Menos ciudadanía, más casting ejecutivo.

9. “Deberíamos mostrar más gracia hacia quienes entran en la vida pública”

Hay algo de verdad menor acá: el ecosistema mediático castiga, simplifica y destruye. Pero otra vez, hay que mirar quién formula el lamento. Lo que aparece es una defensa preventiva de las élites decisoras. Necesitan más margen para equivocarse, más perdón por sus contradicciones, más comprensión frente a sus zonas grises. Lo curioso es que esa gracia rara vez se extiende a los de abajo, a los descartables, a los criminalizados por sistemas que empresas como Palantir ayudan a construir. Perdón para los poderosos, profilaxis punitiva para el resto. Bastante viejo, si me preguntás.

10. “La psicologización de la política nos extravía”

Acá Palantir diagnostica algo real para empujarlo en una dirección reaccionaria. Sí, buena parte de la política contemporánea quedó atrapada en el narcisismo moral, en la performance identitaria y en el consumo afectivo de pertenencia. Pero de eso no se sigue que haya que volver a una política del Estado fuerte, la civilización occidental y la obediencia estratégica. Lo que hacen es aprovechar una crítica válida al liberalismo cultural para enchufarle una restauración del mando. Como si la salida al yo fragmentado fuera la Nación con mayúscula, el servicio, la disciplina y la guerra técnicamente administrada.

11. “La derrota del enemigo debería ser un momento de pausa, no de celebración”

Este punto tiene un aire de nobleza estoica, casi romana. El poder serio no goza. Ejecuta. Administra. Continúa. En otro contexto podría sonar hasta elegante. Acá funciona como señal aristocrática: no somos trolls ni fanáticos, somos adultos que entienden la gravedad del mando. Es el tono de quien quiere ejercer violencia sin perder compostura. Una estética de la contención para volver más digerible la brutalidad estructural.

12. “La era atómica termina; empieza una nueva disuasión basada en IA”

Esta tesis probablemente esté inflada, pero no por eso deja de ser importante. Lo que hace es instalar una nueva excepcionalidad histórica. Si la IA inaugura una era de disuasión, entonces todo se vuelve urgente: inversión, procurement, integración público-privada, experimentación militar, marcos regulatorios favorables, tolerancia social a capacidades opacas. La empresa no solo vende productos. Vende un calendario histórico en el que ella aparece como actor indispensable. Y una vez que comprás el calendario, ya compraste media guerra.

13. “Ningún país avanzó más los valores progresivos que Estados Unidos”

Acá el texto se pone directamente imperial. La historia de Estados Unidos aparece como archivo de oportunidad, movilidad y expansión de libertad. La esclavitud, el genocidio indígena, Vietnam, Irak, América Central, las dictaduras acompañadas, el régimen global de sanciones, la arquitectura de deuda y disciplinamiento, todo eso queda diluido en una narración civilizatoria de progreso. Dussel lo dijo mejor y hace rato: la modernidad europea y atlántica se cuenta a sí misma como emancipación mientras encubre la violencia que la funda. Palantir actualiza esa operación para la era del software militar.

14. “El poder estadounidense hizo posible una paz extraordinariamente larga”

Paz para quién, exactamente. Esa es la pregunta que nunca aparece. Para el centro imperial, sí: no hubo guerra total entre grandes potencias. Pero para la periferia hubo golpes, invasiones, contrainsurgencia, extractivismo armado, laboratorios de seguridad y zonas enteras condenadas a guerras subsidiarias. Benjamin decía que todo documento de civilización es también un documento de barbarie. Este punto es casi una ilustración didáctica de esa frase. La “larga paz” del hegemon se sostuvo tercerizando la violencia.

15. “Hay que deshacer la neutralización de Alemania y Japón”

Acá se terminan las sutilezas. El manifiesto propone rearmar, endurecer, reorganizar el bloque occidental bajo una lógica más explícitamente militar. No es nostalgia. Es doctrina. China y Rusia funcionan como horizonte de amenaza, y Europa y Asia aparecen como teatros donde la vieja moderación liberal ya no alcanzaría. Dicho sin perfume: quieren una OTAN tecnificada, una alianza de democracias armadas hasta los dientes y lubricadas por software privado.

16. “Hay que aplaudir a quienes construyen donde el mercado falló, como Musk”

Acá asoma la solidaridad de clase sin vergüenza. Musk no aparece como oligarca caprichoso sino como héroe narrativo injustamente ridiculizado por una cultura mezquina. El multimillonario deja de ser beneficiario grotesco de subsidios, contratos públicos, extracción financiera y culto a la personalidad, para transformarse en constructor trágico de civilización. Es un momento muy sincero del texto. La nueva derecha tecnológica no quiere ocultar el poder del capital. Quiere santificarlo.

17. “Silicon Valley debe jugar un rol frente al crimen violento”

Traducido al castellano sin marketing: más software policial, más sensores, más integración de bases, más scoring, más vigilancia de barrio, más análisis predictivo, más gestión algorítmica de población. Siempre lo mismo. El crimen opera acá como puerta de entrada emocional para legitimar infraestructura de control. Se invoca a las víctimas para consolidar plataformas. Se habla de salvar vidas para ampliar mecanismos de clasificación y coerción. Después, cuando esas herramientas se usan sobre pobres, migrantes, racializados o disidentes, todos se hacen los sorprendidos.

18. “La exposición despiadada de la vida privada espanta talento del servicio público”

Otra vez aparece la nostalgia por una élite menos escrutada. El poder quiere dignidad, silencio y zonas de opacidad. Quiere cometer errores sin convertirse en meme, operar sin quedar a merced del archivo social, decidir sin ser interpelado por una plebe hiperconectada. Entiendo el fastidio. La esfera pública digital está rota. Pero el remedio que sugiere Palantir no es una deliberación más inteligente. Es un blindaje más fuerte para quienes mandan.

19. “La cautela en la vida pública es corrosiva”

Este punto es el elogio del decisor. Del tipo que no pide permiso, no duda demasiado, no se frena por temor al costo reputacional. En abstracto suena como una crítica al conformismo. En contexto, suena a defensa de la impunidad elegante del poder ejecutivo-tecnocrático. El héroe de esta visión no es el ciudadano prudente ni la comunidad organizada. Es el operador que firma, despliega, acelera y después, si sale mal, pide gracia en el punto nueve.

20. “Debe resistirse la intolerancia hacia la creencia religiosa”

Este punto cumple varias funciones a la vez. Por un lado, ensancha la coalición: la nueva síntesis entre capital tecnológico, seguridad nacional y conservadurismo cultural necesita reconciliarse con sectores religiosos que durante años fueron tratados como restos incómodos por el liberalismo cosmopolita. Por otro lado, les permite presentarse como defensores de una apertura que en otros puntos el mismo manifiesto dinamita. No es pluralismo real. Es reordenamiento moral del bloque occidental bajo un marco más disciplinario y trascendente.

21. “Algunas culturas produjeron avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas”

Acá el hilo se saca el guante. Ya no estamos solo en tecno-nacionalismo. Estamos en jerarquización civilizatoria a cara descubierta. El universalismo liberal es descartado como ingenuidad, y en su lugar aparece un criterio de valor cultural que habilita clasificar pueblos, subculturas y formas de vida según su productividad histórica para el canon occidental. Fanon reconocería la música enseguida. La colonización siempre habló en nombre de la cultura, del progreso, de la madurez histórica. Lo nuevo acá no es el argumento. Es que venga envuelto en branding de software enterprise.

22. “Debemos resistir la tentación de un pluralismo vacío. ¿Inclusión en qué?”

Este es el remate. Todo el texto venía preparando esta pregunta. Inclusión sí, pero dentro de una cultura nacional definida. Diversidad sí, pero subordinada a un núcleo civilizatorio fuerte. Pluralismo sí, pero no tanto como para disolver el mando, la tradición, la misión o la unidad estratégica. Es el momento en que el manifiesto deja de simular que habla solo de tecnología y admite que está discutiendo soberanía cultural. El software era el vehículo. El destino era otro: reconstruir una identidad occidental compatible con guerra, policía, frontera y mando técnico.

Lo que en verdad está en juego

Si uno limpia el humo retórico, queda algo bastante nítido. Palantir no está proponiendo una crítica al capitalismo digital. Está proponiendo su ascenso de rango. El paso de un capitalismo de plataformas a un capitalismo de guerra administrado por software. Menos app store, más kill chain. Menos UX, más logistics. Menos “hacer el mundo más abierto y conectado”, más clasificar enemigos, sincronizar sensores y moralizar la obediencia.

Por eso el texto insiste tanto con deber, sacrificio, nación, servicio, religión, cultura y decadencia. Porque sabe que vender analytics no alcanza. Para capturar la próxima fase de acumulación, hace falta una teología. Hace falta convencer a ingenieros brillantes de que ya no están escribiendo herramientas para una empresa, sino participando en la defensa metafísica de una civilización. Hace falta que el contrato con el Pentágono no parezca oportunismo sino vocación histórica.

La sátira es que se presentan como rebeldes contra la banalidad de las apps mientras lo que hacen es pedir una app muchísimo más grande: una app de guerra, con dashboards más serios, budgets más jugosos y consecuencias infinitamente peores. No quieren salir del capitalismo. Quieren llevarlo al uniforme de gala.

Y esa, me parece, es la clave para leer el hilo sin tragarse su épica. No estamos ante una filosofía del futuro. Estamos ante una campaña de legitimación para la fusión entre capital tecnológico, aparato de seguridad y relato civilizatorio. Un nuevo pacto entre la nube y el misil. Entre el venture capital y la razón de Estado. Entre el data center y la frontera.

Gibson lo habría entendido enseguida: la consola y el campo de batalla ya son el mismo cuarto. Haraway también: no hay máquina inocente cuando la máquina organiza el reparto de la vida y la muerte. Y Benjamin, con esa claridad helada que sigue doliendo, nos recordaría que cada nuevo documento de civilización técnica trae pegado su documento de barbarie.

Palantir quiere que miremos ese documento y lo llamemos destino.

Yo lo miraría más bien como lo que es: un sermón para ordenar a la clase técnica detrás de un capitalismo occidental en fase abiertamente militar.

No una república tecnológica.

Una religión del capitalismo de guerra.